Recientemente, este país enterró a una niña adolescente muerta a manos de otra niña de su edad y compañera de colegio de la fallecida. Este clase de hechos suele disparar las alarmas y dar cancha a los psicólogos y educadores en los periódicos y en las pantallas de todas las televisiones. Discutimos horas sobre las causas de la violencia, de la crueldad, del desprecio a la vida y a los valores morales y sociales que caracterizan a algunos de nuestros niños y adolescentes, y nos cuestionamos seriamente ese principio universal de la inocencia de la infancia.
Yo recuerdo que, cuando era niña, allá por los años 50, en España era impensable el desacato de los niños. Sobre todo en los pequeños pueblos, sometidos como estaban a la rígida moral católica, sobre la que se asentaba la autoridad del padre, del sacerdote y del político fascista de turno. Era aquélla una sociedad en la que los niños, insisto, sólo obedecían, y lo hacían con humildad y sin arrogancia. Los episodios de violencia infantil eran anecdóticos y no solían pasar de un moraton en la ceja o en la rodilla y la violencia y la falta de respeto hacia el padre o el maestro eran sencillamente inconcebibles. Tal vez en aquellos años era más frecuente lo contrario: la violencia se ejercía contra los infantes y las mujeres. Quizás había razones para justificar respuestas violentas por parte de los adolescentes maltratados, pero precisamente entonces, cuando había causa, estas respuestas no se producían nunca.
También recuerdo haber aprendido dos principios que hoy están desterrados de los valores en los que se educa a los niños en la escuela y en la familia. Me refiero a la piedad y compasión. Hoy parece mojigato hablar de esos conceptos, pero yo me pregunto: ¿cómo una sociedad puede sobrevivir si destierra esos principios? Si precisamante en ellos está la esencia misma que separa el bien del mal, si cuando se pierden la piedad y la compasión se pierde la capacidad para mantener la paz social y el respeto humano.
Ése es, a mi entender, nuestro gran pecado: sin piedad ni compasión, nos hemos convertido en una sociedad que va a la deriva, y en la que el único valor socialmente aceptable es el placer. A mi entender, el problema de la mayoria de los casos de violencia infantil y juvenil no es la falta de amor (yo creo que, en general, nuestros niños y adolescentes reciben afecto), sino la falta de reconocimiento social de la bondad y el hecho de que la maldad haya dejado de castigarse. La infancia no es inocente, pues sabido es que los niños también pueden ser profundamente malvados y crueles incluso con los que más les aman. Por eso es tan importante la educación en esos valores.
Tal vez ése sea el principio del camino hacia la solución.
Silvia Hierro es economista
Fuente
Muerte en Seseña, por Silvia Hierro | FACTUAL.es - Diario digital libre